UN JUEZ RURAL


“Un Juez Rural” de Pedro Prado debería ser una lectura obligatoria para todo estudiante de Derecho. A esa fue la conclusión que llegamos hoy, conversando con un profesor de la Facultad y que ahora, sopesándola, considero más verdadera que nunca.

Esteban Solaguren, arquitecto de profesión, es un padre de familia al que un día cualquiera le llega una carta especial: se le encomienda ser juez. De ahí en más, su dedicación principal será impartir justicia en conciencia en los más diversos casos que la realidad rural de Santiago, a comienzos del siglo veinte, le entregarán.

Claramente no es mi intención contar la novela, pero quizás haga más urgente para ustedes su lectura si profundizo en una escena que llamó bastante mi atención:

Paseo al campo de Solaguren junto a Mozarena. Ambos amigos y ambos pintores –el primero aficionado y el segundo profesional- eligen el mismo paisaje para manchar sus lienzos: una casa en un paisaje rural. Mozarena enfoca la casa y la pinta de manera precisa. Por su parte, nuestro juez Solaguren pone la casa en el centro de la tela y además de ella pone gran parte del paisaje que la rodea.

Los cuestionamientos sobre la justicia que se dan en esta novela son profundos, muchas veces irónicos y fuertemente contradictorios con una inspiración legalista y es este párrafo el que nos da una idea de la noción de justicia que durante todo el libro nos plantea Prado. En “Un Juez Rural” no existe una improvisación sobre el concepto de lo justo sino que la novela deja ver, con gran sutileza, una concepción filosófica de dicho concepto: el individuo como tal no existe y por ello la justicia como secuencia lógica de normas aplicada sobre una sola persona muchas veces no es realmente justa.

La justicia, en pensamiento de Prado, es siempre más compleja de lo que parece puesto que es un conjunto imbricado de situaciones particulares, las cuales se afectan las unas a las otras y es en ellas donde debe tratar de entrar el Juez: sólo comprendiendo la globalidad puede dar soluciones justas al caso concreto. Por lo mismo es que muchas sentencias de Solaguren parecen diagnósticos del Doctor House: contradicen una concepción establecida de un determinado arte -acá el Derecho, allá la Medicina- y con ello se corren grandes riesgos, pero cuando se acierta, se hace de manera perfecta y a la vez novedosa.

Ciertamente es llamativo que sea un arquitecto, mitad científico y mitad artista, quien protagonice la obra; quizás Prado vio en esa figura profesional un verdadero justo medio humano que es tan capaz de contagiarse de la alegría y emociones de un pintor, como finalmente de conmoverse con un secretario de Juzgado que recrea mordazmente a la Justicia en su sentido más formalista y burocrático. Solaguren es así un juez que si bien conoce los procedimientos lógicos de argumentación y raciocinio, las más de las veces considera que ellos no entregan la solución justa sino que vienen a llenar los vacíos que dejó nuestra intuición en la solución ya tomada a priori.

Pasando a un aspecto más literario, la novela de Pedro Prado se enmarca dentro de una corriente realista y eso, que puede ser o no de nuestro agrado, de todas maneras hace que sus descripciones, tanto de paisajes como de las mismas personas, sean fiel reflejo de una realidad pasada, pero siempre viva.

Hace poco leí que Alejandro Zambra decía que los escritores de ficción de hoy sólo leen ficción y que los escritores de poesía sólo se quedan en ella y que por ahí iba el porqué de la baja calidad de la literatura chilena actual. De esa afirmación, que realmente no he entrado a pensar si comparto o no, sí puedo extraer algo que viene al caso: “Un Juez Rural” es una muy linda novela poética en prosa. Tan linda que felizmente puede caminar de la mano con obras, también en prosa, de Juan Emar o Vicente Huidobro. Si bien los estilos y los movimientos son distintos, hay un amor y conexión en la belleza, y eso es lo que realmente importa.

Cerrando, sólo un comentario: lecturas como las de “Un Juez Rural” nos hacen darle una vuelta de tuerca a lo que consideramos realmente justo. Esa es una de las tantas ayudas que nos puede entregar la ficción a quienes nos interesamos por el Derecho.


1 comentario:

  1. Quiero citar a Solaguren: "Los funcionarios que la sociedad llama sus jueces son simples dispensadores de escarmientos. ¿Debe en consecuencia darse ese noble dictado a quién no puede premiar y traer placer alguno, viéndose recluído únicamente a procurar dolor y nunca otro goce que el de una restitución mermada? Sin desearlo, fatalmente, el juez resulta ser, en muchos casos, no sólo el que nos devuelve lo que es nuestro, sino el depositario de nuestros más bajos y cobardes deseos".

    Es interesante como Solaguren es un "Amateur" tanto como pintor y juez. "Amateur" es el que ama, el que no se ha introducido en lo especializado, de tal forma, no tiene prejuicios ni preconcepciones sobre lo que hace, sólo lo hace. Por eso, cuando finalmente se percata que su rol no es romantico ni ideal como él imagina es que decide dejar de ser juez, porque no puede amar una profesión que dispensa males. En cierta medida, Solaguren pareciera encarnar la siguiente frase de Nietzsche (frase que debiera tenerse más que presente):

    «No me gusta vuestra justicia fría, y en el ojo de vuestros jueces reluce siempre para mí el verdugo con su espada gélida. Decid: ¿dónde se encuentra la justicia que es amor y que tiene ojos para ver. Inventadme, entonces, el amor que lleva sobre sí no sólo todas las penas, sino también todas las culpas».

    Lo felicito señor García por su reseña y comparto su creencia de que este libro debiera ser de mucha importancia para el estudiante de Derecho.

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