ARTHUR SCHOPENHAUER - CITAS


Un régimen político en el que se encarnase meramente el Derecho abstracto sería cosa excelente, pero para unos seres distintos del hombre: la gran mayoría de ellos son sumamente egoístas, injustos, desconsiderados, mendaces, en ocasiones incluso malvados, y al mismo tiempo dotados de muy escasa inteligencia. De ahí se deriva la necesidad de que el poder, con centrado en una sola persona situada por encima de la ley y el Derecho, no tenga que responder de nada ni ante nadie, sino que ante él todo e incline. Y de que se le contemple como un ser de naturaleza superior, un rey por la gracia de Dios. Solo así se puede domeñar y gobernar a la larga humanidad.

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Los honorarios y la prohibición de la reproducción de obras impresas son en el fondo lo que echa a perder la literatura. Solo quien escribe única y exclusivamente por amor al arte escribe cosas dignas de ser escritas. ¡Qué inestimables beneficios reportaría que en todos los campos de cada literatura sólo hubiese pocos libros, pero que los que hubiese fuesen excelentes! Ahora bien, eso nunca se conseguirá mientras se puedan ganar honorarios. Pues es como si sobre el dinero pesase una maldición: todo escritor se estropea tan pronto escribe con ánimo de lucro.

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Que un ser sea obra de otro, pero que al mismo tiempo su voluntad y obrar sean libres, es algo que se puede decir con palabras, pero que no se puede pensar. En efecto, quien lo llamó de la nada a la existencia a la vez que ha creado y fijado también su naturaleza esencial, esto es, todas sus propiedades y características […]. Por ello, el teísmo y la responsabilidad moral del hombre son incompatibles, puesto que la responsabilidad recaerá siempre en el autor del ser en cuestión.

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La violencia física es lo único que tiene una eficacia directa [para regular la convivencia social], ya que los hombres, tal y como son por regla general, solo para ella tienen receptividad y respeto. Si, para convencerse de esto por la experiencia, se eliminase toda coacción y se quisiese emplear con los hombres solamente la razón, el Derecho y la equidad, presentándoselos de la forma más clara y apremiante, pero en contra de sus intereses, saltaría a la vista la impotencia de las fuerzas meramente morales, pues no se obtendría otra respuesta que carcajadas de burla.

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La necesidad del Estado descansa, en último término, en el reconocimiento de que el género humano es de suyo injusto: de otro modo, nunca se hubiera pensado en Estado de ninguna clase, puesto que nadie tendría por qué temer que se vulnerasen sus derechos (y una mera asociación contra los ataques de las fieras salvajes o las inclemencias del tiempo bien poco se asemejaría a un Estado). Tiendo esto en perspectiva, se aprecia con claridad lo cortos y obtusos que son todos esos filosofastros que, en la apoteosis del filisteísmo, con frases pomposas nos presentan al Estado como el fin supremo y lo más granado de la existencia humana.

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Las relaciones entre los hombres se caracterizan, generalmente, por su injusticia, por su extrema iniquidad, por su violencia y crueldad. Lo contrario solo excepcionalmente tiene lugar. En esto se basa la necesidad del Estado y de la legislación, y no en vuestras patrañas.

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El médico ve al hombre en toda su debilidad, el jurista en toda su maldad, el teólogo en toda su estupidez.

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El jurado popular […] es el peor de todos los tribunales penales, pues en vez de jueces doctos y experimentados, que han echado canas desarmando diariamente las tretas y fintas de ladrones, asesinos y granujas, y que, de esa manera, han aprendido a descubrir las claves de cada caso, son ahora el compadre sastre y el compadre guantero quienes se ponen a impartir justicia. Y con su entendimiento tosco, grosero, torpe y poco ejercitado, ni siquiera acostumbrado a mantener por unos minutos fija la atención, tratan de desentrañar la verdad oculta dentro de una maraña de engaños y apariencias, mientras siguen pensando en sus paños y en sus cueros y están deseando regresar a casa. Y, para colmo, como carecen de cualquier concepto claro sobre la diferencia entre probabilidad y certeza, lo que hacen en sus estúpidas cabezas es una especia de calculus probabilitatis, y con arreglo a ello deciden con toda tranquilidad sobre la vida de otras personas.

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La única explicación que encuentro al singular encadenamiento de errores en que consiste toda su doctrina del Derecho, es la debilidad senil de Kant. Esto explicaría también su pretensión de fundar el derecho de propiedad en el primer acto de posesión. Pues ¿cómo una mera declaración de mi voluntad podría crear automáticamente un derecho que me autoriza a excluir a los demás del uso de algo?.

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Sobre la poligamia no cabe en modo alguno discutir, sino que se debe aceptar como un hecho que se da en todas partes, y de lo que se trata es meramente de regularlo.

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En realidad, la intolerancia solamente es esencial en el monoteísmo: un Dios único es por su propia naturaleza un Dios celoso, que no concede el derecho a la vida a ningún otro.

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Cada nación se mofa de las demás, y todas tienen razón.

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