Alejo Carpentier, en su ensayo “De lo real maravilloso americano” le parecía significativo que aún en 1780, mientras los franceses gritaban revolución, los españoles seguían buscando El dorado. Era Francisco Menéndez por tierras de Patagonia buscando la ciudad encantada de los Césares.
Cinco siglos, la usura llegó y no se va.
La Ciudad de los Césares o la Ciudad encantada de la Patagonia, nace de la suma de una tierra desconocida y de una usura infatigable. En la desesperación de ubicarla y ubicarse, recurren a mezclar los relatos míticos de los indios con sus expediciones fallidas, para con esto describir una ciudad imaginaria-que-sí-existe, al final del mundo, al final del nuevo mundo. Césares por un Capitán español llamado César que luego de una expedición, dijo haber encontrado una ciudad Inca llena de oro y ovejas peruanas. De ahí, se siguió buscando, se descubrió todo lo que llamamos Chile buscando ese oro y luego lo siguieron buscando.
La fuerza y el poder codiciado de esta ciudad, es equiparable a la fuerza y poder de los Hombres que la habitan, Tan grandes los indios que no podían montar los caballos de los españoles. (La Cuidad de los Césares; Manuel Rojas). Onas, cazadores de guanacos. Resulta paradójico que los guanacos, el animal vertebrado más grande de la Patagonia, sea el nombre de lo que ahora defienden a los españoles, siendo antes el sustento vital de los indios.
¿Dónde está esa fuerza, ese poder, aquellos gigantes, toda esa vitalidad y riqueza? Fíjese que Endesa es una empresa española, y también es una “empresa” como los antiguos conquistadores. Han llegado al fin del mundo con las mismas intenciones de antaño, con ese vicio que se cree moderno, con la misma ilusión de encontrar una ciudad dorada pero ahora con imaginaciones renovadas, porque se buscó y descubrió por toda la tierra de la Patagonia, pero les faltaba buscar en los ríos, en el agua. Aquella ciudad-paraíso terrenal que no se no quiere por ser celestial, sino porque también puede ser la máxima expresión de lo mundano, la usura.
El oro siempre ha sido un bien real, esto es, algo que le pertenece solo a uno o unos pocos, y que dispone con esto como se le dé la gana. En Chile, el agua es un bien real, el oro de la Patagonia le puede pertenecer a uno o unos pocos, y disponer con eso como se les dé la gana.
Aunque estamos llenos de apellidos españoles y varios son de piel blanca y narices respingadas, en las ciudades hay un sentimiento de la gente de tierra.
Mapu es Tierra, Che es Gente, y como si Coihaique fuese mi casa gritaremos presente.
(Legua york – Con el agua cortá).

Las revueltas callejeras en Santiago deben ser por algo. A más de mil kms(si no exagero) la gente grita por el reducto ecológico chileno, por un tema que no se hablaba en la mesa, por un asunto que no salía en las fotos del fin de semana, por una experiencia tan lejana como viajar a Alaska.
ResponderSuprimirSi tan sólo todos pudieran experimentar la suave llovizna veraniega, el viento penetrante y lo claro del aire... Esto de las represas no saldría de la cabeza de nadie, no sería una idea, nada. Y la Patagonia seguiría silenciosa, espectante, alucinante y por qué no decirlo, bella